¿LEEMOS OTRO CUENTO DE GUSTAVO ROLDÁN?
CUENTO: HISTORIA DEL PAJARITO REMENDADO.
FIN ✿◕‿◕✿
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CUENTO: HISTORIA DEL PAJARITO REMENDADO.
El árbol era como una fiesta de cantos y colores. Docenas, cientos, miles de pajaritos de toda clase se juntaban para ensayar sus canciones apenas amanecía. Y entonces el día parecía más lleno de luz y el monte se vestía de fiesta.
Ahí estaban todos los pajaritos. Estaba el tordo pico blanco y la calandria, la torcacita y el cardenal, el siete colores y la viudita, la cotorrita verde y el hornero, la tijereta y el picaflor.
Estaban todos y también estaba Pajarito Remendado.
Y aquí comienza la historia porque, al fin y al cabo, ésta es la historia de Pajarito Remendado.
Se llamaba así desde que una tarde, peleándolo, la urraca le gritó:
- Cra cre cri, Pajarito Remendado, cri cro cru.
Y así le quedó el nombre para siempre, porque sus plumas de distintos colores parecían los remiendos de un traje viejo.
Ahí estaban todos los pajaritos. Estaba el tordo pico blanco y la calandria, la torcacita y el cardenal, el siete colores y la viudita, la cotorrita verde y el hornero, la tijereta y el picaflor.
Estaban todos y también estaba Pajarito Remendado.
Y aquí comienza la historia porque, al fin y al cabo, ésta es la historia de Pajarito Remendado.
Se llamaba así desde que una tarde, peleándolo, la urraca le gritó:
- Cra cre cri, Pajarito Remendado, cri cro cru.
Y así le quedó el nombre para siempre, porque sus plumas de distintos colores parecían los remiendos de un traje viejo.
Ese día en que el árbol era como una fiesta de colores, Pajarito Remendado se posó en la rama más alta. Y ahí, mientras silbaba a todo silbar, pasó un aguilucho y, rápido como rugido de sapo, cayó sobre Pajarito Remendado y se lo llevó por los aires.
- Ya tengo comida para mis pichones -pensó contento el aguilucho, con el pajarito apretado en el pico.
- ¡Se llevan a Pajarito Remendado! ¡Se lo lleva el aguilucho! -gritaban los pájaros desde las ramas.
- ¡Se lo lleva el aguilucho! -gritaba el tordo.
- ¡El aguilucho se lo lleva! -gritaba la paloma.
- ¡Que lo suelte, que lo suelte! -gritaba la calandria.
Muerto de miedo, Pajarito Remendado pensó que se acercaba su hora, pero los gritos le dieron una idea.
- ¡Que lo suelte, que lo suelte! -seguían gritando todos.
- Señor aguilucho -dijo Pajarito Remendado-, mire qué pájaros meteretes.
El aguilucho siguió volando, pero miró con curiosidad el árbol lleno de gritos.
- Sí señor aguilucho, no puede ser que se metan en los problemas ajenos.
- ¡Que lo suelte! ¡Que lo suelte! -seguían los gritos.
- ¡Esto no puede ser! -dijo Pajarito Remendado- ¡Dígales que qué les importa!
- ¡Qué les importa! -gritó el aguilucho abriendo grande el pico.
Pero cuando terminó de hablar se encontró con el pico vacío, y vio a lo lejos que Pajarito Remendado se escapaba, riéndose a más no poder. Se escapaba, todavía un poco muerto de miedo, pero un mucho muerto de risa.
FIN ✿◕‿◕✿
- Realiza una lista de todos los pájaros que nombra el cuento. ¿Te parece que vivirán en el monte chaqueño? (Recuerda la biografía del autor)
- ¿Qué quiere decir el autor con que "el árbol era una fiesta de colores?.
- ¿Cómo se salvó el Pajarito Remendado?
- REALIZA LA ACTIVIDAD EN EL CUADERNO DE DEBERES.
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AQUÍ PODRÁS ESCUCHAR OTRO CUENTO DE HORACIO QUIROGA.
- LUEGO, EN EL CUADERNO DE DEBERES ESCRIBE DE QUE SE TRATA EL MISMO. (FECHA DE ENTREGA 27 DE MAYO)
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PARA EMPEZAR A CONOCER A HORACIO QUIROGA.
- LEÉ LA BIOGRAFÍA Y HACÉ UNA LISTA DE SUS OBRAS LITERARIAS.
[Biografía] Horacio Quiroga
Horacio Silvestre Quiroga Forteza (Salto,
1878 - Buenos Aires, 1937) Narrador uruguayo radicado en
Argentina, considerado uno de los mayores cuentistas latinoamericanos de todos
los tiempos. Su obra se sitúa entre la declinación del modernismo y la
emergencia de las vanguardias.
Las tragedias marcaron la vida del escritor: su padre murió en un accidente de caza, y su padrastro y posteriormente su primera esposa se suicidaron; además, Quiroga mató accidentalmente de un disparo a su amigo Federico Ferrando.
Estudió en Montevideo y pronto comenzó a interesarse por la literatura. Inspirado en su primera novia escribió Una estación de amor (1898), fundó en su ciudad natal la Revista de Salto (1899), marchó a Europa y resumió sus recuerdos de esta experiencia en Diario de viaje a París (1900).
Ya instalado en Buenos Aires publicó Los arrecifes de coral, poemas, cuentos y prosa lírica (1901), seguidos de los relatos de El crimen del otro (1904), la novela breve Los perseguidos (1905), producto de un viaje con Leopoldo Lugones por la selva misionera, hasta la frontera con Brasil, y la más extensa Historia de un amor turbio (1908). En 1909 se radicó precisamente en la provincia de Misiones, donde se desempeñó como juez de paz en San Ignacio, localidad famosa por sus ruinas de las reducciones jesuíticas, a la par que cultivaba yerba mate y naranjas.
Nuevamente en Buenos Aires trabajó en el consulado de Uruguay y dio a la prensa Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), los relatos para niños Cuentos de la selva (1918), El salvaje, la obra teatral Las sacrificadas (ambos de 1920), Anaconda (1921), El desierto (1924), La gallina degollada y otros cuentos (1925) y quizá su mejor libro de relatos, Los desterrados (1926). Colaboró en diferentes medios: Caras y Caretas, Fray Mocho, La Novela Semanal y La Nación, entre otros.
En 1927 contrajo segundas nupcias con una joven amiga de su hija Eglé, con quien tuvo una niña. Dos años después publicó la novela Pasado amor, sin mucho éxito. Sintiendo el rechazo de las nuevas generaciones literarias, regresó a Misiones para dedicarse a la floricultura. En 1935 publicó su último libro de cuentos, Más allá. Hospitalizado en Buenos Aires, se le descubrió un cáncer gástrico, enfermedad que parece haber sido la causa que lo impulsó al suicidio, ya que puso fin a sus días ingiriendo cianuro.
Influido por Edgar Allan Poe, Rudyard Kipling y Guy de Maupassant, Horacio Quiroga destiló una notoria precisión de estilo, que le permitió narrar magistralmente la violencia y el horror que se esconden detrás de la aparente apacibilidad de la naturaleza. Muchos de sus relatos tienen por escenario la selva de Misiones, en el norte argentino, lugar donde Quiroga residió largos años y del que extrajo situaciones y personajes para sus narraciones. Sus personajes suelen ser víctimas propiciatorias de la hostilidad y la desmesura de un mundo bárbaro e irracional, que se manifiesta en inundaciones, lluvias torrenciales y la presencia de animales feroces.


Las tragedias marcaron la vida del escritor: su padre murió en un accidente de caza, y su padrastro y posteriormente su primera esposa se suicidaron; además, Quiroga mató accidentalmente de un disparo a su amigo Federico Ferrando.
Estudió en Montevideo y pronto comenzó a interesarse por la literatura. Inspirado en su primera novia escribió Una estación de amor (1898), fundó en su ciudad natal la Revista de Salto (1899), marchó a Europa y resumió sus recuerdos de esta experiencia en Diario de viaje a París (1900).
Ya instalado en Buenos Aires publicó Los arrecifes de coral, poemas, cuentos y prosa lírica (1901), seguidos de los relatos de El crimen del otro (1904), la novela breve Los perseguidos (1905), producto de un viaje con Leopoldo Lugones por la selva misionera, hasta la frontera con Brasil, y la más extensa Historia de un amor turbio (1908). En 1909 se radicó precisamente en la provincia de Misiones, donde se desempeñó como juez de paz en San Ignacio, localidad famosa por sus ruinas de las reducciones jesuíticas, a la par que cultivaba yerba mate y naranjas.
Nuevamente en Buenos Aires trabajó en el consulado de Uruguay y dio a la prensa Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), los relatos para niños Cuentos de la selva (1918), El salvaje, la obra teatral Las sacrificadas (ambos de 1920), Anaconda (1921), El desierto (1924), La gallina degollada y otros cuentos (1925) y quizá su mejor libro de relatos, Los desterrados (1926). Colaboró en diferentes medios: Caras y Caretas, Fray Mocho, La Novela Semanal y La Nación, entre otros.
En 1927 contrajo segundas nupcias con una joven amiga de su hija Eglé, con quien tuvo una niña. Dos años después publicó la novela Pasado amor, sin mucho éxito. Sintiendo el rechazo de las nuevas generaciones literarias, regresó a Misiones para dedicarse a la floricultura. En 1935 publicó su último libro de cuentos, Más allá. Hospitalizado en Buenos Aires, se le descubrió un cáncer gástrico, enfermedad que parece haber sido la causa que lo impulsó al suicidio, ya que puso fin a sus días ingiriendo cianuro.
Influido por Edgar Allan Poe, Rudyard Kipling y Guy de Maupassant, Horacio Quiroga destiló una notoria precisión de estilo, que le permitió narrar magistralmente la violencia y el horror que se esconden detrás de la aparente apacibilidad de la naturaleza. Muchos de sus relatos tienen por escenario la selva de Misiones, en el norte argentino, lugar donde Quiroga residió largos años y del que extrajo situaciones y personajes para sus narraciones. Sus personajes suelen ser víctimas propiciatorias de la hostilidad y la desmesura de un mundo bárbaro e irracional, que se manifiesta en inundaciones, lluvias torrenciales y la presencia de animales feroces.


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Carrera de zapatillas
Había llegado por fin el gran día. Todos
los animales del bosque se
levantaron temprano porque ¡era el día de la gran carrera de zapatillas! A las
nueve ya estaban todos reunidos junto al lago.
También estaba la jirafa, la más alta y hermosa del bosque. Pero era tan
presumida que no quería ser amiga de los demás animales.
La jiraba comenzó a burlarse de sus amigos:
-
Ja, ja, ja, ja, se reía de la tortuga que era tan bajita y tan lenta.
-
Jo, jo, jo, jo, se reía del rinoceronte que era tan gordo.
-
Je, je, je, je, se reía del elefante por su trompa tan larga.
Y entonces, llegó la hora de la largada.
El zorro llevaba unas zapatillas a rayas
amarillas y rojas. La cebra, unas rosadas con moños muy grandes. El mono
llevaba unas zapatillas verdes con lunares anaranjados.
La tortuga se puso unas zapatillas blancas
como las nubes. Y cuando estaban a punto de comenzar la carrera, la jirafa se
puso a llorar desesperada.
Es
que era tan alta, que ¡no podía atarse los cordones de sus zapatillas!
-
Ahhh, ahhhh, ¡qué alguien me ayude! - gritó la jirafa.
Y todos los animales se quedaron mirándola.
Pero el zorro fue a hablar con ella y le dijo:
-
Tú te reías de los demás animales porque eran diferentes. Es cierto, todos
somos diferentes, pero todos tenemos algo bueno y todos podemos ser amigos y
ayudarnos cuando lo necesitamos.
Entonces la jirafa pidió perdón a todos por
haberse reído de ellos. Y vinieron las hormigas, que rápidamente treparon por
sus zapatillas para atarle los cordones.
Y por fin se pusieron todos los animales en
la línea de partida. En sus marcas, preparados, listos, ¡YA!
Cuando terminó la carrera, todos festejaron
porque habían ganado una nueva amiga que además había aprendido lo que
significaba la amistad.
Colorín, colorón, si quieres tener muchos amigos, acéptalos como son.
FIN
Cuento
de Alejandra Bernardis Alcain (Argentina)
- En ÁMBITO DE LA FORMACIÓN CIUDADANA estamos trabajando para armar nuestro ACUERDO DE CONVIVENCIA.
- Escribe qué aprendiste de este cuento.
- ¿Cuántos párrafos tiene?
- Trascribe en manuscrita, los dos párrafos más cortos.
- Entrega 11/05
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¿QUÉ TE PARECE DISFRUTAR OTRO CUENTO DE HORACIO QUIROGA?
- A mi siempre me gustó mucho esta historia.
- Leela para después comentarla en clase el 21/05.
- Fijate la cantidad de párrafos que tiene y anotala. ¿Tienen sangría?
Horacio Quiroga
(1879-1937)
EL LORO PELADO
(Cuentos de la selva, 1918)
(1879-1937)
EL LORO PELADO
(Cuentos de la selva, 1918)
Había una vez una bandada de loros que vivía en el monte.
De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.
Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para picotearlos, los cuales, después se pudren con la Lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comerlos guisados, los peones los cazaban a tiros.
Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo Llevó a la casa, para los hijos del patrón; los chicos lo curaron porque no tenía más que un ala rota. El loro se curó muy bien, y se amansó completamente. Se Llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las personas y les hacía cosquillas en la oreja.
Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor, y se subía por el mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.
Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas, que el loro aprendió a hablar.
Decía: "¡Buen día, lorito! "¡Rica la papa!" "¡Papa para Pedrito!..." Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.
Cuando Llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando como un loco.
Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo desean todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o clock tea.
Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco días de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando:
—¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica, papa!... ¡La pata, Pedrito!... y volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar.
Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.
—¿Qué será? —se dijo el loro— ¡Rica, papa!... ¿Qué será eso?... ¡Buen día, Pedrito!... El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando las palabras sin ton ni son, y a veces costaba entenderlo. Y como era muy curioso, fue bajando de rama en rama, hasta acercarse.
Entonces vio que aquellas dos luces verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente.
Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo ningún miedo.
—¡Buen día, tigre! —le dijo— ¡La pata, Pedrito!...
Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene, le respondió:
—¡Bu-en día!
—¡Buen día, tigre! —repitió el loro—. ¡Rica, papa!... ¡rica, papa!... ¡rica papa!...
Y decía tantas veces "¡rica papa!" porque ya eran las cuatro de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de que los bichos del monte no toman té con leche, y por esto lo convidó al tigre.
—¡Rico té con leche! —le dijo—. ¡Buen día, Pedrito!... ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre?
Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía de él, y además, como tenía a su vez hambre, se quiso comer al pájaro hablador. Así que le contestó:
—¡Bue-no! ¡Acérca-te un po-co que soy sor-do!
El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara mucho para agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no pensaba sino en el gusto que tendrían en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico amigo. Y voló hasta otra rama más cerca dei suelo.
—¡Rica, papa, en casa! —repitió gritando cuanto podía.
—¡Más cer-ca! ¡No oi-go! —respondió el tigre con su voz ronca.
El loro se acercó un poco más y dijo:
—¡Rico, té con leche!
—¡Más cer-ca toda-vía! —repitió el tigre.
El pobre loro se acercó aún más, y en ese momento el tigre dio un terrible salto,
tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una sola pluma en la cola.
—¡Tomá!—rugió el tigre—. Andá a tomar té con leche...
El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podía volar bien, porque le faltaba la cola, que es como el timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro.
Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre, Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que había en el tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de vergüenza.
Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia:
—¿Dónde estará Pedrito? —decían. Y llamaban—: ¡Pedrito! ¡Rica, papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!
Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada, mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había muerto, y los chicos se echaron a Llorar.
Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre, Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.
Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer.
Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas.
—¡Pedrito, lorito! —le decían—. ¡Qué te pasó, Pedrito! ¡Qué plumas brillantes que tiene el lorito!
Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no decía tampoco una palabra. No hacia sino comer pan mojado en té con leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra.
Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro, charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que le había pasado; un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía cada cuento, cantando:
—¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!
Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.
El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito el viaje al Paraguay. Convinieron en que cuando Pedrito viera al tigre, lo distraería charlando, para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta.
Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes fijas en él: eran los ojos del tigre.
Entonces el loro se puso a gritar:
—¡Lindo día!... ¡Rica, papa!... ¡Rico té con leche!... ¿Querés té con leche?...
El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró que esta vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz ronca:
—Acer-cá-te más! ¡Soy sor-do!
El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:
—¡Rico, pan con leche!... ¡ESTÁ AL PIE DE ESTE ÁRBOL!...
Al oír estas últimas palabras, el tigre lanzó un rugido y se levantó de un salto.
—¿Con quién estás hablando? —rugió—. ¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol?
—¡A nadie, a nadie! —gritó el loro—. ¡Buen día, Pedrito!... ¡La pata, lorito!...
Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él había dicho: está al pie de este árbol, para avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con escopeta al hombro.
Y Llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más, porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:
—¡Rica, papa!... ¡ATENCIÓN!
—¡Más cer-ca aún!—rugió el tigre, agachándose para saltar.
—¡Rico, té con leche!... ¡CUIDADO, VA A SALTAR! y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en ese mismo instante el hombre, que tenia el cañón de la escopeta recostado contra un tronco para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño de un garbanzo cada uno entraron como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando un rugido que hizo temblar el monte entero, cayó muerto.
Pero el loro, !Qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque se había vengado —¡y bien vengado!— del feísimo animal que le había sacado las plumas!
El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del comedor.
Cuando Llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol, y todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho.
Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando entraba en el comedor para tomar el té se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a tomar té con leche.
—¡Rica, papa!... —le decía—. ¿Querés té con leche?... ¡La papa para el tigre!...
Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.
De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.
Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los choclos para picotearlos, los cuales, después se pudren con la Lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comerlos guisados, los peones los cazaban a tiros.
Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El peón lo Llevó a la casa, para los hijos del patrón; los chicos lo curaron porque no tenía más que un ala rota. El loro se curó muy bien, y se amansó completamente. Se Llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las personas y les hacía cosquillas en la oreja.
Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor, y se subía por el mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.
Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían las criaturas, que el loro aprendió a hablar.
Decía: "¡Buen día, lorito! "¡Rica la papa!" "¡Papa para Pedrito!..." Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.
Cuando Llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando como un loco.
Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre, como lo desean todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o clock tea.
Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco días de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando:
—¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica, papa!... ¡La pata, Pedrito!... y volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar.
Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.
—¿Qué será? —se dijo el loro— ¡Rica, papa!... ¿Qué será eso?... ¡Buen día, Pedrito!... El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando las palabras sin ton ni son, y a veces costaba entenderlo. Y como era muy curioso, fue bajando de rama en rama, hasta acercarse.
Entonces vio que aquellas dos luces verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente.
Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo ningún miedo.
—¡Buen día, tigre! —le dijo— ¡La pata, Pedrito!...
Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene, le respondió:
—¡Bu-en día!
—¡Buen día, tigre! —repitió el loro—. ¡Rica, papa!... ¡rica, papa!... ¡rica papa!...
Y decía tantas veces "¡rica papa!" porque ya eran las cuatro de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar té con leche. El loro se había olvidado de que los bichos del monte no toman té con leche, y por esto lo convidó al tigre.
—¡Rico té con leche! —le dijo—. ¡Buen día, Pedrito!... ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre?
Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía de él, y además, como tenía a su vez hambre, se quiso comer al pájaro hablador. Así que le contestó:
—¡Bue-no! ¡Acérca-te un po-co que soy sor-do!
El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara mucho para agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no pensaba sino en el gusto que tendrían en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico amigo. Y voló hasta otra rama más cerca dei suelo.
—¡Rica, papa, en casa! —repitió gritando cuanto podía.
—¡Más cer-ca! ¡No oi-go! —respondió el tigre con su voz ronca.
El loro se acercó un poco más y dijo:
—¡Rico, té con leche!
—¡Más cer-ca toda-vía! —repitió el tigre.
El pobre loro se acercó aún más, y en ese momento el tigre dio un terrible salto,
tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo, pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una sola pluma en la cola.
—¡Tomá!—rugió el tigre—. Andá a tomar té con leche...
El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero no podía volar bien, porque le faltaba la cola, que es como el timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban asustados de aquel bicho raro.
Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre, Pedrito! Era el pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que había en el tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de vergüenza.
Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia:
—¿Dónde estará Pedrito? —decían. Y llamaban—: ¡Pedrito! ¡Rica, papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!
Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada, mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había muerto, y los chicos se echaron a Llorar.
Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre, Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.
Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer.
Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas.
—¡Pedrito, lorito! —le decían—. ¡Qué te pasó, Pedrito! ¡Qué plumas brillantes que tiene el lorito!
Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio, no decía tampoco una palabra. No hacia sino comer pan mojado en té con leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra.
Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro, charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que le había pasado; un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo demás; y concluía cada cuento, cantando:
—¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni una pluma!
Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.
El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó muy contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito el viaje al Paraguay. Convinieron en que cuando Pedrito viera al tigre, lo distraería charlando, para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta.
Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol, charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados, para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes fijas en él: eran los ojos del tigre.
Entonces el loro se puso a gritar:
—¡Lindo día!... ¡Rica, papa!... ¡Rico té con leche!... ¿Querés té con leche?...
El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas, juró que esta vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz ronca:
—Acer-cá-te más! ¡Soy sor-do!
El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:
—¡Rico, pan con leche!... ¡ESTÁ AL PIE DE ESTE ÁRBOL!...
Al oír estas últimas palabras, el tigre lanzó un rugido y se levantó de un salto.
—¿Con quién estás hablando? —rugió—. ¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol?
—¡A nadie, a nadie! —gritó el loro—. ¡Buen día, Pedrito!... ¡La pata, lorito!...
Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él había dicho: está al pie de este árbol, para avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con escopeta al hombro.
Y Llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más, porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:
—¡Rica, papa!... ¡ATENCIÓN!
—¡Más cer-ca aún!—rugió el tigre, agachándose para saltar.
—¡Rico, té con leche!... ¡CUIDADO, VA A SALTAR! y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire. Pero también en ese mismo instante el hombre, que tenia el cañón de la escopeta recostado contra un tronco para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño de un garbanzo cada uno entraron como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando un rugido que hizo temblar el monte entero, cayó muerto.
Pero el loro, !Qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque se había vengado —¡y bien vengado!— del feísimo animal que le había sacado las plumas!
El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del comedor.
Cuando Llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol, y todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho.
Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando entraba en el comedor para tomar el té se acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a tomar té con leche.
—¡Rica, papa!... —le decía—. ¿Querés té con leche?... ¡La papa para el tigre!...
Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.
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ANTICIPAMOS LA LECTURA.
- Leé la primera parte atentamente para luego trabajar en clase. 28/05
El hijo del
elefante
En tiempos remotos, hijo mío, el elefante no
tenía trompa. Sólo poseía una nariz oscura y curvada, del tamaño de una bota,
que podía mover de un lado a otro pero con la que no podía agarrar nada.
Existía, también, otro elefante, un nuevo elefante, hijo del anterior, que
tenía una insaciable curiosidad por todas las cosas, lo que significaba que, en
todo momento, estaba haciendo preguntas. Vivía en África y a todos molestaba
con su insaciable curiosidad.
Preguntaba a
su alta tía, el avestruz, por qué le crecían las plumas de la cola, y su alta
tía lo apartaba con un golpe de su larga pata. Preguntaba a su otra tía,
también alta, la jirafa, cómo le habían salido las manchas en la piel, y su
esbelta tía jirafa lo empujaba con su durísima pezuña. Pero seguía lleno de su
insaciable curiosidad. Molestaba también con sus preguntas a su rechoncho tío
el hipopótamo para saber por qué tenía los ojitos tan rojos, y su rechoncho tío
lo pateaba con su enorme pata. Y preguntaba igualmente a su peludo tío, el
mandril, por qué eran tan ricos los melones, y su peludo tío mandril le daba un
coscorrón con su mano peluda.
Pero el
elefante seguía lleno de su insaciable curiosidad. Hacía preguntas de cuanto
veía, oía, olía o tocaba.
Una
espléndida mañana al comienzo del verano, el hijo del elefante hizo un pregunta
que hasta entonces no había formulado:
-¿Qué come el cocodrilo?
Su padre y
su madre lo hicieron callar con un “¡Chist!”.
Pero el
elefante fue al encuentro del pájaro kolokolo que estaba posado en la rama de
un espino.
-Mi padre y
mi madre me han castigado y también todos mis tíos- le dijo el elefante- por mi
insaciable curiosidad; pero a pesar de todo quisiera saber qué come el
cocodrilo.
El pájaro
kolokolo le contestó con su voz quejumbrosa:
-Vete a las orillas del gran río Limpopo, que
tiene las aguas verdosas y grises y corre entre los altos árboles, y allí
lograrás saber lo que quieres.
A la mañana
siguiente, el hijo del elefante tomó gran cantidad de melones para el viaje y
se despidió de todos sus familiares.
-Adiós- les dijo-. Me voy hacia el gran río
Limpopo, que tiene las aguas verdosas y grises y corre entre los árboles, para
ver qué come el cocodrilo.
Y luego se
puso en marcha. Iba comiendo melones y cuando caía la cáscara la dejaba en el
camino.
Has de
saber, hijo mío, que hasta aquel día el curioso hijo del elefante jamás había
visto un cocodrilo y no sabía cómo era.
Lo primero
que encontró fue una serpiente boa de dos colores, enroscada en una rama.
-Perdone
usted -le dijo el elefante con muy buenos modales-, ¿ha visto usted por estas
regiones una cosa llamada cocodrilo?
A su vez, la
serpiente boa de dos colores le preguntó:
-¿Y qué querrás saber luego?
-Perdone
usted- le contestó el hijo del elefante-, ¿Podrá usted decirme qué come el
cocodrilo?
La serpiente
boa de dos colores se desenroscó de la rama y le dio un empujón con la punta de
su cola.
Siguió
entonces el elefante su camino, iba comiendo melones y cuando se le caía la
cáscara la dejaba en el camino.
Por fin,
tropezó con un tronco caído, junto a las aguas verdosas y grises del río
Limpopo. Pero aquello, hijo mío, no era ni más ni menos que el cocodrilo, y el
cocodrilo guiñó un ojo.
-Perdone
usted -le dijo el elefante con muy buenos modales-, ¿ha visto usted por estas
regiones una cosa llamada cocodrilo?
El cocodrilo
hizo un guiño con el otro ojo y levantó un poco la cola que tenía hundida en el
barro. El hijo del elefante se echó atrás rápidamente pues no quería que nadie
volviera a golpearlo.
-Ven aquí,
pequeñuelo- le dijo el cocodrilo-. ¿Por qué preguntas eso?
-Perdone
usted -le dijo el elefante con muy buenos modales-, pero mi padre, mi madre,
mis tías el avestruz y la jirafa, mis tíos el hipopótamo y el mandril, y
también la serpiente boa de dos colores, me han pegado por mi insaciable
curiosidad. Por eso, no quisiera recibir más azotes.
-Ven aquí,
pequeñuelo- le dijo el cocodrilo-, pues el cocodrilo soy yo-.
Empezó entonces a
derramar lágrimas de cocodrilo para demostrar que era verdad lo que afirmaba.
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- LEÉ EL SIGUIENTE CUENTO Y RESPONDÉ LAS CONSIGNAS.
LA GRAN TORMENTA.
El cielo amaneció cubierto de nubes negras. Todos los
animales del bosque estaban asustados. Muchos intentaron huir, pero no sabían
adónde ir. Y el viento era cada vez más fuerte. Eso complicaba las cosas para
la mayoría.
-Hay que buscar un refugio -decían-. El viento se está llevando el hogar de muchos de nosotros. Y en cuanto empiece a llover muchas guaridas quedarán inundadas.
-Yo les puedo ayudar.
Era Lupo, el lobo. En realidad no era más que un cachorro perdido que se divertía jugando con los conejitos y los pájaros, y que nunca había hecho daño a nadie. Pero era un lobo, al fin y al cabo. Tarde o temprano les atacaría.
-Vete, Lupo -le gritaron los animales del bosque.
Tú lo que quieres es comernos. Vete -dijo el Viejo Conejo.
-Yo solo quiero ayudar -dijo Lupo-. Conozco un lugar seguro.
-Pues dinos dónde está y márchate -dijo el Gran Pájaro.
-Hay una cueva hacia el norte -dijo Lupo-. Si van ahora llegaán a tiempo.
-Está bien -dijo Don Ciervo-. Pero tú te quedas aquí. Si te vemos aparecer probarás mi cornamenta y la de toda mi familia.
Lupo se quedó allí, viendo cómo todos se iban a la cueva. El pobre lobo no tenía ningún lugar al que ir, pues la cueva a la que todos se dirigían era su propia guarida.
Cuando los animales llegaron a la cueva que les había dicho Lupo y comprobaron que era segura se acomodaron allí. El Gran Búho empezó a hacer recuento. Pero no hizo falta. Pronto empezó a cundir el pánico. ¡Faltaban media docena de cachorros de diferentes especies!
-Es peligroso, pero hay que salir por ellos -dijeron los adultos.
Pero en ese momento cayó un rayo junto a la cueva e hizo caer un gran árbol justo delante de la entrada. Era imposible salir. Solo los pájaros podían, pero la lluvia y el viento no les dejarían ir muy lejos.
Entretanto, los cachorros que se habían escapado iban en busca de Lupo. Ellos sabían que la cueva a la que se dirigían era la guarida del pequeño lobo, pues habían ido a jugar con él a escondidas muchas veces. No podían dejar a su amigo solo.
-¿Qué hacen insensatos? -les dijo Lupo cuando se encontró con ellos.
-Ven con nosotros. Es injusto que te quedes sin refugio. Es tu hogar. Nosotros te defenderemos de los mayores.
Pero la lluvia era ya muy intensa, y caían rayos por todas partes. Tenían que ponerse a salvo.
-Vengan, conozco otro lugar -dijo Lupo-. Es la cueva de un oso. Pero no tengan miedo. Somos amigos. Seguro que nos ayudará.
Lupo ayudó a sus amigos a llegar la cueva del oso. El oso los acogió y juntos esperaron a que terminara la tormenta.
Pero cuando los cachorros volvieron al bosque y no encontraron a sus padres se empezaron a preocupar. Los pájaros les contaron que solo los pájaros pequeños habían conseguido salir de la cueva.
-Pidamos ayuda al oso y vayamos a buscarlos -dijo Lupo.
Lupo, el oso y los cachorros fueron a la cueva donde estaban todos refugiados. Con gran esfuerzo, el oso consiguió mover un poco el árbol caído, lo justo para que empezaran a salir los animales.
-Gracias, amigo oso. Gracias Lupo. Sin ustedes no lo habríamos conseguido.
Desde ese día Lupo es recibido en el bosque como uno más. Y el oso, que nunca se había planteado formar parte de aquella curiosa comunidad, empezó a pasar mucho más tiempo con ellos.
-Hay que buscar un refugio -decían-. El viento se está llevando el hogar de muchos de nosotros. Y en cuanto empiece a llover muchas guaridas quedarán inundadas.
-Yo les puedo ayudar.
Era Lupo, el lobo. En realidad no era más que un cachorro perdido que se divertía jugando con los conejitos y los pájaros, y que nunca había hecho daño a nadie. Pero era un lobo, al fin y al cabo. Tarde o temprano les atacaría.
-Vete, Lupo -le gritaron los animales del bosque.
Tú lo que quieres es comernos. Vete -dijo el Viejo Conejo.
-Yo solo quiero ayudar -dijo Lupo-. Conozco un lugar seguro.
-Pues dinos dónde está y márchate -dijo el Gran Pájaro.
-Hay una cueva hacia el norte -dijo Lupo-. Si van ahora llegaán a tiempo.
-Está bien -dijo Don Ciervo-. Pero tú te quedas aquí. Si te vemos aparecer probarás mi cornamenta y la de toda mi familia.
Lupo se quedó allí, viendo cómo todos se iban a la cueva. El pobre lobo no tenía ningún lugar al que ir, pues la cueva a la que todos se dirigían era su propia guarida.
Cuando los animales llegaron a la cueva que les había dicho Lupo y comprobaron que era segura se acomodaron allí. El Gran Búho empezó a hacer recuento. Pero no hizo falta. Pronto empezó a cundir el pánico. ¡Faltaban media docena de cachorros de diferentes especies!
-Es peligroso, pero hay que salir por ellos -dijeron los adultos.
Pero en ese momento cayó un rayo junto a la cueva e hizo caer un gran árbol justo delante de la entrada. Era imposible salir. Solo los pájaros podían, pero la lluvia y el viento no les dejarían ir muy lejos.
Entretanto, los cachorros que se habían escapado iban en busca de Lupo. Ellos sabían que la cueva a la que se dirigían era la guarida del pequeño lobo, pues habían ido a jugar con él a escondidas muchas veces. No podían dejar a su amigo solo.
-¿Qué hacen insensatos? -les dijo Lupo cuando se encontró con ellos.
-Ven con nosotros. Es injusto que te quedes sin refugio. Es tu hogar. Nosotros te defenderemos de los mayores.
Pero la lluvia era ya muy intensa, y caían rayos por todas partes. Tenían que ponerse a salvo.
-Vengan, conozco otro lugar -dijo Lupo-. Es la cueva de un oso. Pero no tengan miedo. Somos amigos. Seguro que nos ayudará.
Lupo ayudó a sus amigos a llegar la cueva del oso. El oso los acogió y juntos esperaron a que terminara la tormenta.
Pero cuando los cachorros volvieron al bosque y no encontraron a sus padres se empezaron a preocupar. Los pájaros les contaron que solo los pájaros pequeños habían conseguido salir de la cueva.
-Pidamos ayuda al oso y vayamos a buscarlos -dijo Lupo.
Lupo, el oso y los cachorros fueron a la cueva donde estaban todos refugiados. Con gran esfuerzo, el oso consiguió mover un poco el árbol caído, lo justo para que empezaran a salir los animales.
-Gracias, amigo oso. Gracias Lupo. Sin ustedes no lo habríamos conseguido.
Desde ese día Lupo es recibido en el bosque como uno más. Y el oso, que nunca se había planteado formar parte de aquella curiosa comunidad, empezó a pasar mucho más tiempo con ellos.
·
Responde las consignas.
1.
¿Cómo pensás que fue el comportamiento de los
animales mayores? ¿Por qué?
2.
¿Y la actitud de los menores?
3.
¿Qué pensás que aprendieron los animales que se
refugiaron en la guarida de Lupo?
4.
¿Qué valores mostró Lupo a pesar de que
desconfiaban de él y lo rechazaban?
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PARA AMPLIAR EL VOCABULARIO.
- Realiza la actividad en tu cuaderno de deberes. 22/06
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PARA AMPLIAR EL VOCABULARIO.
- Realiza la actividad en tu cuaderno de deberes. 22/06
Del HIJO DEL ELEFANTE.
La
serpiente boa de dos colores llegó hasta el agua, se enroscó con doble vuelta
en las patas de atrás del elefantito, diciendo:
-Caminante
curioso e inexperto, vamos a ayudarte un poquito...”
a. ¿A
quién le dice la serpiente boa de dos colores “caminante curioso e inexperto”?
b. ¿Qué entendés por “experto”?
c. Teniéndolo claro, ¿qué significará “inexperto”? ¿Cuál es en este caso la función del prefijo
“in” que posee la palabra?
d. ¿En qué son inexperto y te gustaría ser experto?
¿Por qué?
e. ¿Cómo piensas que podrías pasar de ser inexperto
a ser experto en lo que desees?
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01/07/18
01/07/18
- Leemos un cuento con enseñanzas.
- ESCRIBE LAS ENSEÑANZAS QUE TE TRANSMITE.
- Como hemos hecho con otros cuentos, realiza la secuencia del cuento. (Los momentos que no pueden faltar cuando queremos rescribir). Coloca números y punto y aparte.
- En el cuaderno borrador para el 06/07
Un conejo
en la vía.
Daniel se
reía dentro del auto por las gracias que hacía su hermano menor, Carlos. Iban de paseo
con sus padres al Lago Rosado. Allí irían a nadar en sus tibias aguas y
elevarían sus nuevas cometas. Sería un día de paseo
inolvidable. De pronto el coche se detuvo con un brusco frenazo. Daniel oyó a
su padre exclamar con voz ronca:
- ¡Oh, mi
Dios, lo he atropellado!
- ¿A quién,
a quién?, le preguntó Daniel.
- No se
preocupen, respondió su padre-. No es nada.
El auto
inició su marcha de nuevo y la madre de los chicos encendió la radio, empezó a
sonar una canción de
moda en los altavoces.
- Cantemos
esta canción, dijo mirando a los niños en el asiento de atrás. La mamá comenzó
a tararear una canción. Pero Daniel miró por la ventana trasera y vio tendido
sobre la carretera el cuerpo de un conejo.
- Para el
coche papi, gritó Daniel. Por favor, detente.
- ¿Para
qué?, responde su padre.
- ¡El
conejo, le dice, el conejo allí en la carretera, herido!
- Dejémoslo,
dice la madre, es sólo un animal.
- No, no,
para, para.
- Sí papi,
no sigas - añade Carlitos-. Debemos recogerlo y llevarlo al hospital de animales. Los dos
niños estaban muy preocupados y tristes.
- Bueno,
está bien- dijo el padre dándose cuenta de su error. Y dando vuelta recogieron
al conejo herido.
Pero al
reiniciar su viaje fueron detenidos un poco más adelante por una patrulla de la
policía, que les informó de que una gran roca había caído sobre la carretera
por donde iban, cerrando el paso. Al enterarse de la emergencia, todos ayudaron
a los policías a retirar la roca.
Gracias a la
solidaridad de todos pudieron dejar el camino libre y llegar a tiempo al
veterinario, que curó la pata al conejo. Los papás de Daniel y Carlos aceptaron
a llevarlo a su casa hasta que se curara
Unas semanas
después toda la familia fue a dejar al conejito de nuevo en el bosque. Carlos y
Daniel le dijeron adiós con pena, pero sabiendo que sería más feliz en
libertad.
FIN
...............................................................................................................................................
VOLVÉ A LEER "EL ÁRBOL MÁS ALTO".
VOLVÉ A LEER "EL ÁRBOL MÁS ALTO".
- REALIZA LA SECUENCIA DE LOS MOMENTOS IMPORTANTES QUE NO PUEDEN FALTAR AL RENARRAR LA HISTORIA. HACELO EN ORACIONES CORTAS Y NUMERADAS. (cuaderno de deberes, 3/08), no te olvides del punto y aparte.
................................................................................................................................................
LEÉ ATENTAMENTE EL CUENTO.
(ENTREGA 24/08)
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1/09/18 entrega 7/09/18
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8/9/18
AHORA EL ESCRITOR/A SOS VOS
LEÉ ATENTAMENTE EL CUENTO.
El
orejón.
Era su segundo día de clase. Tomás se sentó en el primer banco del
aula, al lado de la ventana, como le recomendó su mamá. La profesora entró en
clase y les dijo:
- "Buenos días". Hoy vamos
a estudiar algunos animales.
Comenzaremos con el asno, ese animal tan útil a la humanidad, fuerte, de largas
orejas, y...
- ¡Como Tomás!, la interrumpió una
voz que salía de atrás del salón.
Muchos niños comenzaron a reír ruidosamente y miraban a Tomás.
- ¿Quién dijo eso?, preguntó la maestra,
aunque sabía bien quién lo había dicho.
- Fue Quique, dijo una niña señalando
a su lado a un pequeñín pecoso.
- Niños, niños, dijo Mily con voz
enérgica y poniendo cara de enojo. No deben burlarse de los demás. Eso
no está bien y no lo voy a permitir en mi salón.
Todos guardaron silencio, pero se oía
algunas risitas.
Un rato después una pelota de papel goleó la cabeza de Tomás.
Al voltear no vio quien se la había lanzado y nuevamente algunos se reían de él. Decidió no hacer caso a las
burlas y continuó mirando las láminas de animales que mostraba Mily. Estaba muy
triste pero no lloró.
En el recreo Tomás abrió su lonchera y comenzó
a comerse el delicioso bocadillo que su mamá le había preparado. Dos niños que
estaban cerca le gritaron:
- Orejón, oye orejón, no comas tanto
que va a salirte cola como un asno, y echaron a reír.
Otros niños a su alrededor lo miraron
y tocando sus propias orejas, sonreían y murmuraban. Tomás entendió por primera
vez, que de verdad había nacido con sus orejas un poco más grandes. 'Como su
abuelo Manuel', le había oído decir a su papá una vez.
De pronto se escucharon gritos desde
el salón de música,
del cual salía mucho humo. Tomás se acercó y vio a varios niños encerrados sin
poder salir, pues algún niño travieso había colocado un palo de escoba en los
cerrojos.
A través de los vidrios se veían los
rostros de los pequeños llorando, gritando y muy asustados.
Dentro algo se estaba quemando y las llamas crecían.
Los profesores no se habían dado
cuenta del peligro, y ninguno de los niños se atrevía a hacer nada. Tomás, sin
dudarlo un segundo, dejó su lonchera y corrió hacia la puerta del salón y a
pesar del humo y del calor que salía, agarró la escoba que la trababa y la jaló
con fuerza. Los niños salieron de prisa y todos se pusieron a salvo.
Tomás quedó como un héroe. Todos
elogiaron su valor. Los niños que se habían burlado de él estaban apenados.
En casa, Tomás contó todo lo sucedido
a su familia, por lo que todos estaban orgullosos de él.
Al día siguiente, ningún niño se burló de Tomás.
Habían entendido que los defectos físicos eran sólo aparentes, pero en cambio
el valor de Tomás al salvar a sus
compañeros era más valioso y digno de admirar.
RESPONDE:
1- ¿Qué actitudes debieron cambiar los
compañeros de Tomás?
2- ¿Era necesario que Tomás tuviera que
hacer un acto heroico para que no se burlaran de él? ¿Por qué?
3- ¿Pensás que algunos compañeros se
pusieron en el lugar de Tomás? ¿Por qué?
4- ¿Qué propondrías hacer si en tu aula
ocurre un hecho así?
v Lee atentamente el texto.
1- Pásalo a manuscrita correctamente. Tené
en cuenta el uso de mayúsculas.
2- Realiza dos listas, una de
sustantivos comunes y otra de sustantivos propios.
3- Explica
por qué se nombran así cada tipo
en un mundo muy lejano, llamado
monolín, vivían monos y monitos de todas clases.
el rey palmiro,
era un pequeño chimpancé color marrón
con ojos muy celestes. todos lo obedecían porque era muy bueno y democrático. siempre
pedía la opinión de los habitantes del reino.
un día como
tantos otros los monos y monitos estaban recolectando frutas para el almuerzo,
cuando del reino vecino, jirafín, apareció la enorme jirafa camila a pedirles
que le regalaran sus cosechas porque en su reino se habían secado las plantas.Ahí empezó
el problema, fueron a consultar a Palmiro y….
8/9/18
AHORA EL ESCRITOR/A SOS VOS
- FÍJATE QUE EL CUENTO ANTERIOR NO ESTÁ TERMINADO, ENTONCES CONTINUALO.
- NO TE OLVIDES DE LOS PÁRRAFOS, LAS RAYAS DE DIÁLOGO Y TODO LO NECESARIO PARA QUE QUEDE BIEN ESCRITO.
- SIEMPRE PLANIFICÁ ANTES LO QUE VAS A ESCRIBIR, REVISÁ EL ESCRITO, LEELO MUCHAS VECES, CORREGÍ SI ES NECESARIO Y ANOTÁ DUDAS PARA PREGUNTAR SI TE SURGEN.
- ¡ADELANTE! ¡VOS PODÉS!
............................................................................................................................................
21/9 PARA ENTREGAR EL VIERNES 28/9
Un cuento
más de Ginni Rodari
1. Leé el cuento tantas veces creas
necesario para comprenderlo bien.
2. Marcá las palabras que no sepas su
significado, ayúdate con el diccionario y con lo que se expresa en el texto
para escribir con tus palabras el significado.
EL MAGO GIRÓ
Había una
vez un pobre mago que se llamaba Giró. Parece un contrasentido: en los cuentos
no encajan juntas la palabra mago y la palabra pobre. Pero aquel mago, a pesar
de ser un auténtico mago, era muy pobre porque hacía algún tiempo que no tenía
clientes.
—¿Será posible —se desesperaba— que ya no haya
nadie que me necesite? Hubo un tiempo en el que tenía tantos clientes que no
alcanzaba a atender a todos. Unos venían por una magia, otros por otra. Y yo,
no lo digo por presumir, de magia sé mucho... Voy a irme a dar una vuelta por
el mundo a ver qué ha pasado. Si ha aparecido un mago mejor que yo, quiero
conocerlo.
Dicho y
hecho, el mago empaquetó sus cosas más preciadas —la varita mágica, el libro de
los encantamientos, dos o tres polvillos milagrosos— y se puso en camino.
Andando y andando, al caer la noche llega ante una casita. Llama. Toc toc.
—¿Quién es?
—Amigos,
señora, amigos.
—Oh, muy
bien, entonces entre. Vienen tan pocos amigos a verme. Acomódese. ¿Necesita
algo? —¿Yo? No, señora, no necesito nada; a lo mejor es usted quien me necesita
a mí. Sabe, soy un mago, me llamo Mago Giró.
—¿Un mago?
¡Qué maravilla!
—Un mago,
sí. ¿Ve esta varita? No lo parece, pero es una varita mágica: si digo dos
palabritas, dos palabritas que sólo conozco yo, descenderá una estrella a
iluminar su casa...
En este
momento la señora lanzó un gritito: —Uy, a propósito de luz, voy a encender.
Estaba aquí sola con mis pensamientos y ni siquiera me había dado cuenta de que
estaba oscureciendo. Perdóneme. ¡Ya está! ¿Qué me decía a propósito de luz?
Pero el mago estaba demasiado estupefacto para
poder continuar la conversación. Miraba la lámpara boquiabierto, como si se la
quisiera tragar.
—Pero...,
señora, ¿cómo lo ha hecho? —¿Cómo lo he hecho?
.-He
apretado el interruptor y la lámpara se ha encendido ¿no? Una gran cosa la
electricidad. Mago Giró registró en su mente esta palabra nueva: «la
electricidad; ésta debe ser la maga que me hace la competencia». Después se
armó de valor y continuó:
—Pues,
señora, le estaba diciendo que soy un mago y sé hacer una infinidad de magias.
Por ejemplo, metiendo un poco de este polvito en un vaso, puedo hacerle oír la
voz de una persona lejana.
—Uy —gritó
de nuevo la señora—. Me ha hecho recordar que tengo que telefonear al plomero.
Me perdona un momento ¿verdad? Aquí está el número. ¿Oiga? ¿Es el plomero? Menos
mal que le encuentro. ¿Puede pasar mañana por la mañana por mi casa para
arreglarme la lavadora? Gracias. No deje de hacerlo. Gracias, buenas noches. Ya
está.
Mago Giró
tuvo que tragar dos o tres veces antes de recuperar la palabra.
—Señora,
¿con quién hablaba?
—Con el
plomero, ¿no lo ha oído? Es una gran comodidad el teléfono...
El mago
también registró en su cerebro esta palabra: «Otro mago del que nunca había
oído hablar Qué barbaridad, cuánta competencia...».
Luego dijo:
—Escuche, señora, si necesita ver a alguna persona lejana como si estuviera
aquí, en esta habitación, no se ande con rodeos: llevo otros polvos mágicos
mediante los cuales...
—¡Cielos! —chilló la señora interrumpiéndole—.
Hoy estoy francamente distraída. Me había olvidado de encender el televisor
para ver el concurso de esquí. ¿Sabe que mi hijo es campeón en descenso? Voy a
encender en seguida, a lo mejor todavía llegamos a tiempo... Pues sí, vaya
suerte, es aquél de allí, aquél es mi hijo, el que recibe todos esos apretones
de mano. Se ve que ha vuelto a ganar. ¿Ve qué guapo es? Y pensar que casi me
pierdo la transmisión. Menos mal que me lo ha recordado. ¿Sabe que es
verdaderamente un mago?
—Sí, señora,
ya se lo he dicho, Mago Giró.
—Ah —exclamó
la señora sin escucharle—, qué gran cosa la televisión. El pobre mago se hizo
repetir dos veces la palabra para estar seguro de que su cerebro registraba sin
errores. Mientras tanto reflexionaba: «Otra maga de la competencia. Ahora
empiezo a comprender por qué el trabajo es tan escaso; con todos estos magos en
circulación...».
Luego,
pacientemente, volvió a ofrecer sus servicios: —Entonces, escuche, señora, como
le iba diciendo, soy un gran, un famosísimo mago. He entrado para ver si podía
serle útil en algo. Mire, eche una ojeada, éste es el libro de los
encantamientos y de los conjuros, ésta la varita mágica...
PRIMER FINAL
No es
necesario decir que Mago Giró no cerró ningún negocio aquel día. El mundo había
cambiado demasiado desde los tiempos en que lo recorría regularmente, como
viajante de comercio especializado en magia. Tras la lámpara, el teléfono y el
televisor, el pobre mago descubrió cien maravillas más que en otros tiempos
habrían dado trabajo a mil magos y, en cambio ahora, las tenía en casa la gente
normal y las dirigía oprimiendo un botón. El mago decidió informarse mejor
sobre las cosas del mundo, para lo que compró un montón de periódicos. Así
descubrió que la competencia aún no había llegado a muchas partes del planeta.
Todavía quedaban lugares sin luz eléctrica, sin teléfono, sin comodidades,
habitados por pobre gente que no tenía dinero para comprarse las magias
modernas. «Estupendo —pensó el mago frotándose las manos, de las que
inmediatamente brotaron un sinfín de chispas—. Iré a esos países, allá aún
tengo mucho que hacer, allí aún debe sentirse respeto por los buenos viejos
magos de otro tiempo.
SEGUNDO FINAL
El mago, al
oír a la vieja señora y observar su casa y las máquinas que tenía, se dio
cuenta de que en el mundo moderno ya no había lugar para los antiguos
encantamientos. —Los hombres se han hecho unos vivos —se decía— y han inventado
toda clase de tretas en las que los magos ni siquiera habíamos pensado. Querido
Giró, hay que adaptarse. Es necesario ponerse al día, como se dice ahora. Dicho
de otra manera: o cambias de profesión o se te avecina una vejez difícil. Como
no era tonto, Mago Giró trazó su plan en dos o tres días de exploración y
reflexión. Alquiló un gran local, se puso a vender aparatos electrodomésticos,
incluso a plazos, y en poco tiempo se convirtió en un rico negociante, se compró
un coche, un chalecito y en el Lago Maggiore, un barco de vela y los domingos
salía de paseo por el lago. Si no hacía viento no se preocupaba: hinchaba la
vela mediante una pequeña magia y en pocos minutos iba de Stresa a Canobio.
Nunca puso motor, para ahorrar el dinero de la gasolina.
TERCER FINAL
¡Qué lección la de aquel día para Mago Giró!
Si hubiera sido un tonto se habría desanimado. Pero no era tonto. Comprendió
que las maravillas descubiertas en casa de aquella señora no eran obras de
magia sino descubrimientos científicos. Y como tenía también mucha imaginación,
se dijo: —Mira las cosas que han inventado los hombres sin la varita mágica,
sólo con el cerebro y el trabajo de sus manos. Pero... ¡oh!, cuántas se podrán
inventar todavía. Voy a presentar mi dimisión como mago, convertirme en un
hombre corriente y estudiar para descubrir algo nuevo. Para presentar la
dimisión de mago no fue ni siquiera necesario que escribiese una carta a la
sociedad de magos. Bastó con que tirara a la primera cuneta de la carretera el
hatillo con sus chirimbolos encantados, ya inútiles. Después se encaminó hacia
su nueva vida más ligero y contento.
· PALABRAS QUE NO SÉ SU SIGNIFICADO.
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3. PARA RESPONDER CON LO QUE COMPRENDÍ.
1- ¿Por qué el Mago Giró era pobre?
2-
¿Qué
podría haber hecho con sus poderes para no serlo?
3-
¿Por
qué se habrá impresionado tanto al ver la luz eléctrica, el teléfono y las
demás tecnologías que tenía la señora?
4-
¿Existen
los magos ahora? Fundamenta tu respuesta.
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PETER PAN (ENTREGAR 3/10)
Ø RELEÉ
LOS CAPÍTULOS 5 Y 6.
Ø RESPONDÉ
A LAS SIGUIENTES CONSIGNAS.
1.
¿QUÉ OTROS PERSONAJES VIVEN EN
NUNCA JAMÁS? REALIZA UNA LISTA.
2.
¿QUÉ TRAMPA LE TENDIÓ CAMPANITA
A WENDY? ¿POR QUÉ?
3.
¿QUÉ HICIERON LOS CHICOS PARA
QUE WENDY LOS PERDONARA?
4.
¿CÓMO TE PARECE QUE SE COMPORTÓ
WENDY?
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PETER PAN (tarea para el viernes 19/10)
1. LEÉ ATENTAMENTE EL CAPÍTULO 7. "EL ESCONDITE SUBTERRÁNEO"
2. EXPLICA QUÉ TAREAS TENÍA WENDY EN LA CASA.
3. ¿CÓMO HACÍA WENDY PARA QUE SUS HERMANOS NO SE OLVIDARAN DE SU PASADO?
4. ¿QUÉ PASABA CUANDO PETER SALÍA SOLO?
5. ¿CUÁNTOS PÁRRAFOS TIENE EL CAPÍTULO?
6. BUSCA EN EL TEXTO Y HACÉ DOS LISTAS. UNA DE SUSTANTIVOS PROPIOS Y UNA DE SUSTANTIVOS COMUNES. (Por lo menos cinco en cada una)
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RELEER EL CAPÍTULO 8 DE PETER PAN (Tarea para prepararnos para la evaluación del 12/11.) Esta tarea es para entregar el 9/11. Cuaderno de deberes.
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PETER PAN (tarea para el viernes 19/10)
1. LEÉ ATENTAMENTE EL CAPÍTULO 7. "EL ESCONDITE SUBTERRÁNEO"
2. EXPLICA QUÉ TAREAS TENÍA WENDY EN LA CASA.
3. ¿CÓMO HACÍA WENDY PARA QUE SUS HERMANOS NO SE OLVIDARAN DE SU PASADO?
4. ¿QUÉ PASABA CUANDO PETER SALÍA SOLO?
5. ¿CUÁNTOS PÁRRAFOS TIENE EL CAPÍTULO?
6. BUSCA EN EL TEXTO Y HACÉ DOS LISTAS. UNA DE SUSTANTIVOS PROPIOS Y UNA DE SUSTANTIVOS COMUNES. (Por lo menos cinco en cada una)
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RELEER EL CAPÍTULO 8 DE PETER PAN (Tarea para prepararnos para la evaluación del 12/11.) Esta tarea es para entregar el 9/11. Cuaderno de deberes.
- Relee el capítulo "La laguna de las sirenas"
- Responde las preguntas que te ayudarán a armar una secuencia del mismo con los hechos más importantes que suceden en él.
1. ¿Dónde estaban Wendy y los niños ese día? ¿Qué hacían?
2. ¿Qué pasó de pronto?
3. ¿Qué se dio cuenta Peter? ¿Qué les ordenó a todos?
4. ¿Cómo engañó Peter a los Piratas? ¿A quién salvó?
5. ¿Qué pasó después entre Peter y Garfio?
6. ¿Qué le pasó a Garfio después?
7. ¿Qué sucedió luego con Peter y Wendy?
8. Explica cómo se salvó Wendy.
9. ¿Cómo fue que Peter pudo salvarse?
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderBorrarSeño: ¿En qué fecha hay que entregar esta actividad?
ResponderBorrar21/05
Borrarlisto trabajo hecho
ResponderBorrarHECHO
ResponderBorrarHecho
ResponderBorrarhecho
ResponderBorrarHecho
ResponderBorrarHecho
ResponderBorrarPara cuando es